1. Ejercicio de observación

El vestido blanco con suaves rayas horizontales hace juego con los tenis adidas, también blancos. Sus pasos son cortos, tal vez producto del ceñido atuendo o tal vez por coquetería. Voluptuosa en sus formas transita por el sendero de las gordibuenas. Tiene pasos apretados y movimientos diminutos, se sienta frente a su acompañante, quien no resulta tan interesante como ella. Sobre la mesa pone una cartera que hace juego forzado con el resto de su atuendo. Titubea en sus movimientos, tal vez porque está en un lugar público, un restaurante. Cruza las piernas, aplasta una pantorrilla mientras balancea el adidas blanco, el vaivén parece calmarla. Su cabello es lacio y castaño, tiene pinta de que ha sido planchando. Tiene ojos pequeños, ceja cuidadosamente pintada, conoce bien las proporciones de su rostro. El labio inferior es ligeramente más grueso. Es morena clara. Sus gestos son rápidos, tiene cierta habilidad de pasar de las sonrisas a la concentración que requiere el menú, levanta los ojos y mira a su compañero, sonríe y vuelva a la seriedad en una fracción de segundo. Las uñas de las manos son cortas, están un poco despintadas, tienen algunos brillos. En la muñeca lleva una pulsera y un reloj vintage de esos Casio ochenteros.
            Ella nació en los noventas, le pusieron Nayeli como reivindicación de sus raíces ancestrales que a ciencia cierta su familia desconoce, pero su nombre se escucha muy mexicano. Le gusta bromear cuando le preguntan el significado, le ayuda a romper el hielo.
-       ¿Cómo te llamas?
-       Nayeli
-       En serio, que bonito nombre, ¿y qué significa?
-       Te quiero (lo dice seduciendo a su interlocutor y en seguida suelta la carcajada). Es en serio. La verdad a veces me da pena decirlo, porque ya sabes, luego piensan que les estoy tirando la onda, por eso casi no me gusta decirlo (pero en realidad es todo lo contrario).
           
            Esta tarde el jugueteo de su nombre ha quedado atrás, ahora parece ir a la siguiente fase, un beso y tal vez algo más, todo depende de que tanta cerveza tome y cuantos boneless engulla.
            Nayeli estudia odontología, llegó de Pénjamo hace dos años, ahora es más de ciudad que de pueblo, la vida en la urbe refresca su juventud, y con sus padres lejos puede «hacer su santa voluntad», como le decía su madre. Pero Nayeli se contiene, no se deja llevar por los impulsos, sabe que no puede fallarle a su familia, debe terminar como dentista por dignidad para ella y sus seres queridos, por eso atesora un par de paquetes de condones en el buró, «más vale prevenimss», bromea cuando cuenta sus aventuras con las amigas. No quiere «salir con su domingo siete», pues sería una vergüenza para los Hernández Ortiz, la comunidad de la Vela Perpetua los despreciaría; lo que significaría olvidarse de cualquier participación política en el Acción Nacional de Pénjamo y pensando con más profundidad, mermaría el ascenso social de la familia.
            De pequeña le gustaba jugar al avión de gis en el piso, su niñez fue tradicional. Su hermana mayor tenía los dientes chuecos, incluso le deformaban un poco el rostro, si no fuera por eso sería muy bonita, Nayeli la acompañó muy de cerca durante su sufrimiento. Desde entonces pensó que no era justo para nadie y menos para su hermana vivir así, tal vez esa fue la principal razón por la que decidió estudiar odontología. Aunque su hermana empezó el tratamiento de brackets a los 17 años, ella siempre pensó que nunca sería tarde para ayudar a otras niñas.
            Nayeli regresó de su pueblo una semana antes de clases, esto le da tiempo para resolver algunos asuntos personales, como salir con Juan Carlos y tomar cerveza, comer alitas y quién sabe dónde terminar. Mientras lo decide, su sonrisa pícara parece darle un norte a su acompañante, su decisión no es definitiva y la delega al vaivén de un tenis adidas blanco.

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